sábado, 6 de mayo de 2017

Permítame señor, el beneficio de la huida.

Permítame señor, el beneficio del éxito.

Un día cualquiera, un martes a las cuatro de la tarde cuando estoy esperando a cruzar un paso de cebra o esperando el bus, o esperando en la cola del súper, me doy cuenta. Soy consciente de todo lo que he perdido. De las oportunidades que he ido dejando pasar, de las historias que he quedado a medias. Y entonces, comprendo que han sido esas pérdidas las que me han llevado a estar donde estoy ahora, a esa espera. Y de mi depende que me sienta orgullosa de haberlas abandonado. De haber tomado la opción correcta, de haber sido lo suficientemente consecuente con mis actos.

Me miro desde fuera como miro ese plato de restaurante que estoy a punto de devorar, analizándolo, deseando que la conversación con el que tengo enfrente no decaiga antes de los postres. Deseando no arrepentirme de haber elegido esa comida, deseando que me guste. Porque para elegir eso, he tenido que rechazar otras opciones. Porque para que yo coma ese plato, otros se han quedado fuera o están cobrando un sueldo de mierda.

Y de nuevo estoy a la espera, tan quieta. Preguntándome si sobreviviría a una caída libre no planificada, porque con el ánimo que tengo mis alas no dan para mucho. Porque siempre me digo que hay que ser críticos con el pasado para rescatar solo los aprendizajes constructivos y dejar ir lo demás, que el equipaje lastra mucho y hay que tirar peso sin nostalgia. Desprenderse de las oportunidades que no nos permiten avanzar, olvidarse de las personas que nos anclan a un presente de ansiedad.

Por eso, cuando estoy parada esperando, ese día cualquiera, sólo me pregunto si mereció la pena perder. Si mereció la pena dejarles ir. Porque lo que no se cuenta en un currículum lleno de sueños son las pérdidas y lo que cuesta llegar hasta ahí. De momento no está catalogado como experiencia profesional. Así que valoro todas las veces que dije que no, valoro todo lo que se fue, valoro las veces que me decepcionaron, las veces que me rompí, las veces que me dejé llevar por inercia porque no podía más. Valoro las pérdidas, recojo los aprendizajes y desecho lo demás. Decido cada uno de mis pasos, me abrazo a la gente que me impulsa, y les impulso yo también. Escribo mi biografía y mi currículum de una manera coherente con mi pasado. Asumo el fracaso, negocio mis éxitos y no le permito a la ansiedad por un pasado que no voy a poder cambiar, quedarse más de cinco minutos en mi vida. Sueño mucho y me paro a pensar de vez en cuando cuál es el siguiente paso. Porque al final, el resultado de lo que soy es la manera en la que gestiono las pérdidas y las ganancias de mi pasado.

Y ahora estoy aquí, desprendiéndome de que lo que nunca me ayudó, agarrándome a mi sueño que también es mi vida y abriendo las ventanas de mi historia para que entre el aire fresco de los pequeños momentos y de las grandes personas que me rodean.

En septiembre de 2015 hice una lista en mi cuaderno de viaje con todas las cosas que nos perdíamos los expatriados. Navidades, cumpleaños, fiestas, cenas... y me preguntaba que repercusión tenía eso sobre nosotros mismos, porque el proceso de acostumbrarse a no estar era algo que me generaba mucha curiosidad y ansiedad.

En junio de 2016, me preocupaba justo lo contrario. Y ahora, ¿Cómo me acostumbro a estar? 
Meses después de volver, me di cuenta de que por mucho que vuelvas hay cosas que no se recuperan. Equipaje que se cayó por una fuga mientras tú volabas muy lejos.


Y hace un rato, leí una carta que me escribí a mí misma tenía 19 años. Una carta que debía leer unos años después. Y así lo comprendí, así me comprendí. Permítame señor, el beneficio de la pérdida. 

martes, 28 de febrero de 2017

Los campos de olivos.

¿Por qué Palestina? Me preguntan. Y dicen, que se las arreglen ellos. Y después, vienen a contarme la película sobre el holocausto que les ha conmovido. Y aún no se lo explican. Y aún no me lo explico. 

¿Qué es Palestina? ¿Qué significa Palestina libre? ¿Qué son la Franja de Gaza y Cisjordania? Es una guerra más. Es igual que Siria o Irak. ¿No? Todos árabes. ¿Pero árabe y musulmán es lo mismo? Y no miran, y no la piensan porque las grandes esferas internacionales ya se han encargado de ello. Y los medios de descomunicación también.

Otro F16 sobrevolando Gaza, otro bombardeo, otros cuantos de muertos. Otra colonia en Jerusalén. Otra casa más ocupada. Otro niño encarcelado. Y ellos se lo buscan solitos. La opinión popular sintoniza bastante con lo que dice la televisión, síntoma de que lo están haciendo bien, tanto la entidad sionista como sus secuaces. Y Palestina sigue gritando y luchando y defendiendo su tierra. Décadas y décadas de ignominia, de humillación, de asesinatos. Porque un Estado que asesina a civiles es un Estado terrorista. A no ser que la definición de terrorista haya cambiado y ahora sólo se considere terrorista aquel que es de una determinada raza o profesa un tipo concreto de religión. Fanáticos. 

Israel es occidental porque Occidente es cómplice. Occidente se lava las manos cada dos minutos porque las tiene llenas de sangre. Es la vergüenza en su máxima expresión. Es experto en hipocresía y su lobotomía ciudadana ha echado raíces. Y Palestina resiste. Y luego se atreven a decir que la política no sirve para nada. Y que los extremos no son buenos. Y que la violencia no es la solución. Y que no hay que posicionarse, sino que hay que buscar la paz y la armonía y la felicidad con un hashtag al lado. Y que Israel y Palestina deben llegar a un acuerdo. ¿Y tú? ¿Tú negociarías con el asesino de tu gente? ¿Pactarías dividir tu casa con el ladrón que ha entrado a robarte? Si de repente un foráneo aparece y arrasa tus cultivos, ¿Agacharías la cabeza y asumirías parte de culpa sólo por vivir en el lado equivocado? ¿Tú cómo lo harías? ¿Cómo llamarías a alguien que mata según la raza? ¿Qué nombre se merece aquel cuyo objetivo es exterminar un pueblo? ¿Te posicionarías buscando un acuerdo entre un violador y su víctima? Entonces no sé.

Ojalá no. Ojalá esto se pare. Ojalá termine. Ojalá no sea demasiado tarde. Que ya han sufrido bastante. Porque si no, pienso, que la historia recordará este conflicto como el holocausto del siglo XXI. E imagino, que dentro de 70 o 100 años, veremos películas que nos conmoverán y nos harán llorar y pensaremos qué cómo es posible que pasen estas cosas, qué se violen de tal manera los Derechos Humanos. Y enseñarán los checkpoints y el muro como un símbolo de vergüenza para que no se vuelva a repetir. Y nos sacaremos fotos allí indignados, pensando cuán cruel puede llegar a ser la humanidad. Y si me apuras, hasta nos preguntaremos cómo es posible que nadie lo parara a tiempo.

Cómo puede una nacionalidad ser un delito. Como puede la libertad de un pueblo ser confiscada con total beneplácito. 


Para la mujer de Ramallah, que llevaba en su vientre la esperanza de un mundo mejor. 

martes, 31 de enero de 2017

No puedo vivir sin ti. Te recuerdo hasta en el pasaporte.

Mi querida patria. El lugar donde nací. El país que acogió mis primeros pasos. 

Mi patria, que cuelga hermosos crucifijos en las escuelas públicas con toda su buena intención y su buen hacer, para que nos protejan. 

El país que quiso que yo, fuese apta para cursar estudios universitarios sólo por haber demostrado en el último momento que tengo buena memoria para retener asignaturas que me capacitarían para estudiar una carrera y solvencia económica. 

Mi querida patria. La misma que decidió que la universidad pública debía pagarse para rentabilizarse y gracias a esa sabia decisión pudimos disfrutar de una educación de calidad. 

Mi amado país, que tomó la medida de que yo, jamás tendría derecho a beca con mi unidad familiar. Gracias dios por darnos esta riqueza y por guardar el Estado español tantos años. Mi país. Ese que quiere que la mayor inversión que haga en mi vida sea en pagar mi vocación. Año tras año. 

Mi patria. Que me negó el Erasmus porque no lo merecía y aunque recé por ello, lo acepté como parte de mi penitencia. Menos mal que mi país aconfesional me enseñó a redimir mis pecados. 

Mi querida patria. Esa que premia a los estafadores fiscales y protege la corrupción, donde quiera que estén, sean de la clase social que sean y siempre sin querer. Hasta las más democráticas dictaduras se equivocan. Perdónales señor porque no saben lo que hacen. 

El país que me animó a que me fuera al extranjero a trabajar, porque aquí sólo tienen futuro los hijos de grandes poderes adquisitivos o lo que mal comúnmente se llama enchufismo. Mi patria sabe que eso no es cierto. Sabe que a veces miento. Perdóneme usted.

El país que me negó la sanidad cuando empecé a cotizar fuera del Estado. Tres veces Pedro negó a Jesús. Y ya sé que él no se quejó tanto pero a veces me cuesta ser tan buena persona. 

Mi querido país, que nos vendió Bolonia como futuro europeo y nos consoló como una buena madre cuando nos dimos cuenta de que eso era una vil mentira afianzada por los pecadores. Si querías Bolonia para trabajar cualificadamente en Europa solo teníais que pagarla, más. Sí, más aun. Mi pobre patria que carece de financiación. 

Cuando regresé, me contó con dulzura cómo iba a ser a partir de entonces mi seguridad social y yo le creí cuando me dijo que todo iría bien. Después, mi queridísimo, pero queridísimo país, me negó la beca como individuo independizado. Yo les había mostrado cómo leer documentos en inglés, pero pobre gobierno que nunca tuvo para pagarse las clases particulares por culpa de gente como yo. 

Mi hermoso país lleno de vida, de sol. De iglesias. De moros, de negros, de sudamericanos, de maricones. De terrazas. De oportunidades. De calidad de vida. De estado de bienestar. 

Gracias. Gracias y mil veces gracias. Por formarme, por dejarme avanzar. Por no dejar que me olvide de mis raíces, de quienes me apoyaron durante todo el camino y de quienes me dieron la espalda. Dios perdona, pero bienaventurados los que nos son dioses. Gracias, por enseñarme quién es el enemigo. Sin ti, todo esto no habría posible. 

Las alas, como las banderas, bien negras siempre, que lo destiñan todo.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Mujer mar

Ella siempre nos daba consejos por si había un naufragio. Nos decía como debíamos abandonar el barco. Cómo colocar el salvavidas y cómo saltar al mar.

Siempre prestaba una especial atención a no hundirse si había un naufragio y quedábamos a la deriva. Creo que se ahogó alguna vez. Que se hundió y nadie apareció para salvarla. Por eso nos explicaba todo esto. No le tenía miedo al agua y salía a nadar cada mañana cuando vivía en su casa de la playa. Siempre salía a nadar después del desayuno.

Tenía una rutina marcada, cada día hacía lo mismo, menos los martes. Los martes cogía su coche y se iba no sabemos a dónde. Desaparecía. Ese día siempre subía la marea como queriendo llamar su atención pero ella no iba a nadar los martes.

Un armario de su casa de la playa estaba lleno de cuadernos. Escribía algo cada vez que salía del agua. Una nota sobre un naufragio, un consejo para no hundirse en el mar. Era una experta en olas, mareas y vientos.

Una vez se tatuó el viento en el brazo. Y nosotros le preguntábamos cómo alguien puede tatuarse el viento. Se reía y nos decía que si el viento es favorable no te ahogas.

Yo creo que fue feliz aunque a veces se ahogara. Creo que aprendió a nadar para sobrevivir. Y cuando alguien quiere sobrevivir es porque alguna vez fue feliz y quiere volver a vivir esa experiencia. Por eso creo que ella lo fue.

Que caprichosa es la vida. Porque ella murió ahogada en sus propios recuerdos, cuando olvidó como nadar. Cuando olvidó qué era un naufragio.

Cuando su enfermedad apareció, salía a la playa y se quedaba mirando el mar. Después del desayuno. Nunca más volvió a pisar el agua. Sólo miraba el mar. Horas y horas. Luego entraba en la casa de la playa, abría el armario y sacaba un cuaderno sin terminar. Escribía todos los días lo mismo: aún no me he olvidado de olvidar. La fecha del día al lado. Y así durante años.

Los martes desaparecía y cuando se hacía de noche teníamos que ir a buscarla. Se perdía y la encontrábamos llorando. Decía que quería ir a un sitio pero que no recordaba cual. Qué necesitaba una brújula. Nos costaba horas tranquilizarla.

Lo perdió todo menos su casa de la playa. Y allí nos dejó un día, cuando la marea estaba más baja que nunca porque se había cansado de llamar su atención. Creo que no murió por su enfermedad. Que murió de pura melancolía por su mar, porque ya no podía nadar.

Un año después, un domingo me acerqué a la casa de la playa para pasar el día de descanso. Descubrí un lugar escondido donde guardaba brújulas y mapas que ella misma había hecho. Fotografías antiguas. Un diario de un capitán de barco. Su padre había tenido un barco pero naufragó porque no había un faro cerca. Murió intentando no ahogarse. No había viento favorable para él. Ella sobrevivió por el mismo viento que mató a su padre. Por eso construyó la casa de la playa en el lugar del naufragio. Un faro como homenaje a todos los barcos hundidos.

Encontré un mapa que indicaba un lugar cerca de la casa y fui a comprobar que era. Había escondido en el bosque una réplica exacta del barco de su padre y cada martes iba a construir algo nuevo en él. Cada nota que escribía en sus cuadernos cuando salía de nadar era un apunte sobre cómo avanzar el barco. Nadie sabía nada. Nadie lo descubrió antes hasta ese día. Al lado de la puerta principal había tallado una inscripción: el viento no te salva. Te salva la furia con la que te agarras al salvavidas y lo bien nivelada que tengas tu brújula.
 

Qué coraje tenía dentro la mujer mar. Cuánto nos quedó por decirla. Ojalá hubiera sabido que nos salvó a todos, de ese naufragio que llaman soledad. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Una sola cosa he aprendido.

Para hablar de México hablaría de colores. Del azul, del blanco, del gris y del verde.

Tendría que hablar de sabores, de versos, de distancias, de carreteras interminables. Pero eso ya lo escribí todo. Tengo tres tarjetas de memoria llenas de vídeos y de fotografías que demuestran lo inmensamente feliz que he sido. Y tengo un cuaderno de viaje que he ido llenando de recuerdos cada noche para no olvidarme de nada, de ningún color, de ningún sabor, de ningún verso, de ninguna distancia, de ninguna carretera interminable. Tengo México en cada poro de mi piel después de esto tan maravilloso.

(Guanajuato)

Dicen que un viaje se disfruta tres veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos. Y también dicen que un viaje de verdad te cambia para siempre. Me gusta reconocer que ambas afirmaciones son ciertas y que comprobarlo es realmente placentero. 

(Faro de Punta Cancún)


Siempre soñé con hacer un viaje de mochilera aunque imaginando que mi primer destino sería Tailandia. El gran país de las sonrisas.
A veces me alegro de que la vida sea tan caprichosa y de que mi primer destino no haya sido ese. Ese giro de 180 grados del que todo el mundo habla. Esas personas que un día conoces por casualidad y unos meses después terminan cumpliendo sueños contigo. Esa magia que te llevas, si no caes en la rutina. Porque al final todo este rollo del carpe diem, de vivir intensamente, de ser feliz y demás baratería de la autoayuda van de lo mismo, de conocer gente que te cambie la vida. Y de tú cambiarle la vida a alguien (por poquito que sea).

(Calakmul, una ciudad de exploradores)


Así que un día nos descubrimos comprando dos vuelos al otro lado del mundo. Con esa ilusión de quién sabe qué está haciendo una travesura de las grandes.

El país de Frida, de Diego Rivera, de Dolores Olmedo, de Octavio Paz, de Flores Magón, de Cantinflas. El país que acogió a la libre Chavela Vargas. El país de los mayas, de los aztecas, de los indígenas, del mezcal, del chile de árbol, de las quesadillas, de los tacos al pastor, el país de la música, de la vida en la calle y de las casitas de colores. Un país de contrastes. 

(Tulum)


Nos hemos perdido entre el azul y el blanco de playas paradisíacas que no dejan indiferente a nadie. Hemos vivido desde fuera la masificación de los resorts a todo lujo y de los hoteles todo incluido. El capitalismo metiendo la mano como siempre para hacernos creer que la realidad está a un palmo del suelo. Hemos visto la cara y la cruz y hemos aprendido a ser viajeros y no turistas empapándonos de todo, sin caer en su trampa.

(Huasteca Potosina)


Hemos caminado con la mochila a cuestas, con mucho calor. Hemos visto el sol y la lluvia, las tormentas y hasta un pequeño tornado en el mar. Hemos cogido colectivos, camiones, taxis, barcos, aviones, coches. Hemos aprendido a quitarnos la mochila tan rápido como a empaquetar todo en minutos y salir corriendo hasta la siguiente parada. Hemos reído, comido y bebido hasta creernos que estábamos en el cielo.

La infinidad verde de la selva, sus pueblos indígenas, sus carreteras llenas de curvas y topes a cada entrada de poblado. La espléndida jungla cuyas vistas desde la pirámide más alta jamás podré describir con palabras. Hemos sido exploradores en busca de ruinas mayas, monos, arañas, serpientes y jaguares. Y casi morimos de calor haciendo autostop en una carretera casi desértica.

(Tramo hasta Palenque. Unos minutos después nos encontramos kms de camiones 
parados por los maestros, que son unos luchadores en México)


En Chiapas me encontré a mí misma y cuando me quise dar cuenta estaba irremediablemente enamorada de ese lugar. Mi queridísimo San Cristobal de las Casas. Revolución sería la palabra, si tuviera que escoger solo una.

He jugado al despiste entre sueños y utopías y así descubrí la belleza en su máxima expresión en la casa de Frida, entre pinceles y cuadros y cojines y tantas flores que parecía que ella seguía paseando por Coyoacán, escribiendo poemas de amor y aferrándose a la vida. Porque cuando llevas años deseando hacer algo y por fin te ves delante de ello, el mundo se hace tan pequeñito que todo lo que quieres es que nada se borre de tu memoria, para que se haga eterno, para que ese sueño dure eternamente. Y he redimido todas mis penas delante de ella, todos los sacrificios, todas las desventuras y por ello supe que ya todo había terminado porque había llegado al final de un camino. Te llevo en mi espalda por siempre, he llenado de flores la piel. Mi dignidad y mi orgullo como mujer y como profesional.

(Un trocito de su diario, en el DF)


Cabe destacar de un viaje que la compañía es fundamental, tanto si se viaja solo como si no. Con quién te cruzas y quién te acompaña será la diferencia mayor de una experiencia. En mi caso, me rodeé de un pelirrojo bien guapo que ha hecho las funciones perfectas de compañero de aventuras. Paciencia, confianza y empatía son los ingredientes para que todo salga bien (y proponerle matrimonio en plan sorpresa) y ojalá nos queden muchas historias más juntos. No sé en cuántos abrazos entenderá que gracias a él he vivido la mejor experiencia de mi vida y la historia más mágica en años. Que me he enamorado de México y que soy una afortunada por haberle encontrado.

(Vivos se los llevaron, vivos los queremos. Pancarta por los 43 estudiantes desaparecidos)

Hemos recorrido 19000km en aire y 2500 por tierra, para llegar a nuestro destino final. Ver a nuestros amigos felices de celebrar el amor, en una preciosa boda. Los anfitriones más lindos de todo el país.

Y eso, que el próximo destino ya empieza a coger forma y que no quiero dejar de hacer esto nunca.
Que un viaje comienza cuando se empieza a planear y las Venas Abiertas de América Latina es demasiado inspirador.


Nos vemos en el sur, mi norte!

(Chiapas, San Cristobal) 




PD: el carpe diem más real que existe es dejar que un desconocido te vea tal como eres, en tus días buenos y en tus días malos, sin un pasado para juzgarte y que te acepte, te respete y te cuide así, en esa desnudez tan imperfecta. Y que cosa tan maravillosa. 

 

domingo, 5 de junio de 2016

Mi fuerte secreto


Te elegiré a ti entre todas las demás. Me quedaré contigo aunque a veces me vaya lejos. Te intentaré identificar con la primera que pase por delante aún sabiendo que eso es imposible. Te pintaré de mil colores. Te lloraré cuando nadie mire..Te respiraré hondo. Te saborearé. Te descubriré caótica y salvaje. Me perderé contigo. Me abrazaré a ti una vez más. Te dibujaré eterna. Te regalaré un lienzo en blanco para que tiñas eso que nadie ve. Te miraré siempre como la primera vez. Me verás vulnerable y me enseñarás a sacarle partido. Te tatuaré. Te tatuaré tres veces y cada vez saldré más enamorada de ti. Te sonreiré. Te odiaré mucho aun sabiendo que a la mañana siguiente me despertaré de nuevo queriéndote más. Te besaré en salidas de emergencia y paradas de autobús. Te daré la mano a escondidas. Te mentiré. Les mentiremos. Les contaremos excusas, y nos creerán. Te pediré ayuda, aunque me cueste reconocerlo. Te recordaré perdida. Te guardaré el secreto. Te volaré y seguiré mirándote con la nostalgia del que llega a casa, otra vez. Te cuidaré. Te reiré. Te gritaré. Te viviré con fuerza. Te seguiré escribiendo palabras entre mis textos, tú siempre me rimarás con la vida. Te morderé cuando haga frío. Te seguiré dando las gracias. Te seguiré eligiendo a ti. Te seguiré eligiendo a ti. Mi musa. Mi escuela. Mi inspiración. Mis ganas. Mi fuerte. Mi y todo mi eres tú.


Te voy a estrujar hasta que se nos agote el aliento. Y luego, contaré los días para volver. Y nunca me iré demasiado lejos.

Caótica Londres. 





lunes, 16 de mayo de 2016

¿Y tú qué haces cuando nadie mira?

Tiraron la estatua de la plaza mayor poco antes de las fiestas del pueblo. Se rompió un brazo del impacto contra el suelo y él, que andaba jugando cerca, recogió un dedo de metal que cayó justo en sus pies. No podía dejar de mirar la estatua mientras los mayores celebraban la caída de quién había sido su jefe de estado durante décadas. 

Él, no entendía por qué un trozo de metal podía tener tanto simbolismo. El niño de buenas notas y misa diaria, con sus ocho años cargados de inocencia, se descubría mirando a la gente de su pueblo rompiendo lo que hasta entonces habían llamado arte. Y él, se sentía fuera de aquello, solo era un niño.
Se guardó el dedo de metal en el bolsillo y salió corriendo de la plaza. Le preguntó a su madre por qué estaban tirando la estatua más importante del pueblo y su madre le contó la historia de aquel dictador.

Dos días más tarde, en la iglesia se quedó mirando las figuras e imágenes mientras todos rezaban de rodillas ante ellas. Estaba agarrando el dedo de metal dentro del bolsillo, estaba poniendo todas las fuerzas que un niño de ocho años puede poner para entender algo y como no llegaba a ninguna conclusión, luego de enfadarse consigo mismo salió llorando de la iglesia.
Lloraba porque no podía ser adulto, porque no podía entender lo que pasaba a su alrededor, porque no podía pensar como los demás y porque no podía dejar de darle vueltas a aquello. Su madre le abrazó y le calmó y le preguntó mil veces que le pasaba y el niñito contestó al fin: yo quiero quedarme el dedo de metal pero tengo miedo de guardarlo y volverme como ellos.

Habían tirado una estatua y lo habían celebrando pensando que empezaba la libertad, pero el niño vio que luego iban a la iglesia y rezaban a diez estatuas más. Vio a las mismas personas hacer las cosas como dios, cuyo hijo estaba en una estatua, les decía que las hicieran y el pobre niño no podía encontrar la diferencia entre una estatua y otra. Él solo veía hombres manejando a otros y a nadie le importaba donde cayeran los restos de esas estatuas.

Su madre le dijo que tirara el dedo si le daba miedo y que la diferencia entre ser un hombre bueno y malo no estaba en una estatua.

El niño decidió tirar el dedo al llegar a casa.

Mañana se habrá olvidado de todo esto, pensaba su madre.

Se equivocaba, treinta años después, el dedo seguía en la mesita de noche.  Nunca más volvió a creer en dios, por suerte, tampoco en dictadores.

Es profesor de historia y siempre cuenta esta anécdota. Hay que ser poeta para que aprendizajes así no se borren nunca de la memoria, aunque haya poesías que no haga falta escribirlas.


PD: ni dios, ni iglesia ni ningún nombre relacionado con tan basta hipocresía merecen llevar una letra mayúscula.